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Poema. Apokalipsa osobista.

apokalipsa osobista



al p. héctor cárdenas,
in memoriam


he aquí que miré bajar del cielo
como esquirlas desprendidas
del rosetón de nôtre-dame
las vigas de acero
que golpeaban el suelo
y resonaban con estrépito glorioso,
libres ya de pernos y remaches,
libres de la forma geométrica
impuesta por el capricho
de ingenieros cuyos huesos polvo son
-al igual que sus teorías
y sus cálculos, pensados eternos,
creídos eternos,
pretendidos divinos-
y la aguja
sujeta por los cuatro puntos cardinales
danzó su danza gnomónica
entre los cuatro arcos
que forman aquella base

he aquí que escuché
el grito de la cantera
rota por el centro,
corazón carcomido
y cincelado por el tiempo
que tuvo la constancia necesaria
para borrar los rostros y las formas
dejando lo esencial:
el color, la textura,
y una línea que semeja una silueta
-un susurro apenas-

lo que sigue, no lo vi

cerré los ojos
y las trompetas no fueron tales,
inundaron los cielos
millones de gargantas
gritando, supurando blasfemias,
pidiendo el fin,
exigiendo la consumación de los tiempos

pero,
¿quiénes son ellos para exigir?
¿quiénes son los que gritan,
los que piden que baje
hielo y fuego del cielo
para restaurar el orden
que los mismos hombres
desecharon cual piedra angular
de un edificio derruido?

¿quién se atreverá a pedir
que la gloria se exponga
como se expone una verdad incómoda
en un juicio civil
o en un libro herético,
expurgado de la historia
oficial y académica?

no pido que se cumplan los tiempos
y tampoco
que no se cumpla el tiempo

apenas comienzo a vivir:
hoy por la mañana
miré todavía el sol
que asomó
despreciando los bienes de este mundo,
maravillado por un par de pajarillos
-golondrinas, dijo mi vecino,
quien juega a las escondidas
todas las tardes y al que el neurólogo diagnosticó
como senil y demente-

hoy al mediodía
oí un par de oraciones
que no recé

el ángel de pie,
frente a maría,
¿sabe lo que pide,
que el verbo encarnado
ha de morir
apenas abra los ojos
-treinta y tres años son un suspiro,
un número, interjección humana,
cifra finita-
y se encuentre con esos otros ojos
-tus ojos, los míos,
los ojos de los soldados romanos
y las mujeres piadosas
que lloran temerosas
de que no llegue el fin,
la consumación de los tiempos-
que a su vez le miran como quien mira
el cosmos entero
en un mínimo segundo?

¿acaso maría no sabe
que la petición del ángel
conlleva un truco y una trampa?

¿acaso el verbo no supo
que en belén se echaba
sobre los hombros una cruz
de carne y huesos y sangre,
y que no habría escapatoria
porque la muerte no es el escape
sino el cerrojo de esta prisión?

lo que sigue, no lo escuché

la ceniza me llenó por igual
fosas nasales y garganta

así como el burdo carbón
pasando fricciones y estrujándose
-como antaño hiciese
el que no invitó al pobre lázaro-
torna su corazón impuro
un diamante perfecto,
será el pecado,
la bucólica reminiscencia
del paraíso perdido
-una excusa más
para el perdón y la gracia-

aquella ceniza
tenía el olor y el sabor
de libros escritos en la piel
con sangre, saliva y semen
y lágrimas y arañazos
de los ajusticiados
destrozados ya en el foso

después
-dos mil años después-
un profeta ciego
declaró lo que su cuerpo
ajado y marchito
recibió en heredad:
cobertura en tiempo real,
al amparo de radiaciones mecánicas
y con ocho mil ciento dieciséis millones
setecientos noventa y un mil cuatrocientos treinta y dos seguidores
rompió todos los récords
y su mensaje consumió todos los paquetes de datos,
saturó todo el ancho de banda,
inundó de unos y ceros
todos los dispositivos de almacenamiento

y entonces,
señalando con el índice,
su mano dibujó una forma
que tenía las mismas proporciones
que el óptico arc-en-ciel,
y enterró poco a poco
bajo la tetilla izquierda
su uña y después su dedo

brotó ambrosía
y de ello son testigos
las cadenas televisivas,
la afp, la reuter, la bloomberg,
y los influencers que llegaron en legión
para tomarse la selfie de rigor

lo que sigue
no lo vi ni escuché, ni gusté ni olí

el profeta ciego
cayó de bruces
ofrendando su nada y su todo
a aquel que rompió los siete sellos
y leyó con una voz
que era la voz de setecientos leones
rugiendo al unísono
la historia de la tierra y los hombres de la tierra

se leyó a sí mismo,
agonizante y doliente,
desangrado y solitario
en la cima de un monte
que era también un trono
y una promesa

después,
-pudieran ser dos, tres horas,
quinientos, cinco mil años,
sólo el cordero sabe la cifra
pues él tiene en su mano
los guijarros del tiempo
destrozado y estático-
se dijo que fueron
micro-ondas
radiados desde otras mil
espantosas antenas,
que cocieron a fuego lento
a los veinticuatro ancianos,
a leviatán y behemot,
a los cuatro vivientes llenos de ojos,
al acusador
y a los acusados de cráneo pelado
como una piedra de sal

nada vi, nada oí, nada olí, nada escuché

por dentro, como si hirviese
el hígado en un caldo gástrico,
como si los ojos coagulasen
pendientes de nervios ópticos cristalizados,
como si la faringe y el esófago
fuesen trompetas de cartílago
supe que había llegado el fin

y pensé ¡dios mío!

que eres, que eras,
que serás,
que me concediste
las tablas del venerable
y las summas del aquinatense,
que me diste los cuarzos
vibrando en sus prisiones de sílice,
que me diste la alta resolución,
el bluetooth y el adsl,
y el papel y el carrete
con cinta negra y roja
con que medía la anchura de un pueblo
tostado bajo el sol
como un pez sobre las brasas,
que concediste al estilita
crecer y crecer hasta tocar el cielo,
que permitiste a jonás
esconderse de sí mismo
y vomitaste sus intenciones
para hacerle saber tus intenciones

¡dios mío!

que bebes de las copas
rebosantes de perfume
las oraciones de los santos
y los likes y los views
de followers anónimos y virtuales,
que disfrutas complacido
con miríadas y miríadas
de millares y millares
de aquellos que fueron dignos
de plantarse frente al cordero
y pagaron con sangre el precio del futuro,
que te vistes de cielo y relámpago,
que te ciñes con la fe de los mártires,
que te calzas la ignominiosa ignorancia
de los herejes muertos por garrote
y haces de sus tratados apócrifos
la alfombra en la que limpias tus pies

¡dios mío!

que asumiste una cifra de hombre
y una muerte de hombre
y una resurrección de hombre

¿cómo no admirar la gloria y el infierno,
el paraíso recobrado y el seol,
el pasado y el futuro que inundan
con igual proporción
este presente
en que sigues siendo taladrado en la cruz,
y bebido en el cáliz
y absuelves el amor carnal
que descubre en la mancha el camino
hacia la liberación del alma,
aquella gloria mística que negada está
a los ángeles, serafines, querubines
y demás cohortes celestiales
que miran, impertérritas y eternas,
la abdicación de los placeres
y los yerros infinitesimales
de ministros y consagrados
y el acierto inequívoco
del ciego que ríe
y la sabiduría límpida
del infante que mama,
y la fuerza sobrehumana
de la mujer a quien el hijo
hace madre?

el cordero
tomando el tiempo y el espacio
-como quien toma el diagnóstico y la receta
y las rasga por el medio
en un gesto que es una vindicación
y declaración de principios-
alzó la voz y su grito
apagó soles y estrellas,
constelaciones y galaxias,
barrió nebulosas y clústeres,
y al romperlos vi que brotaba
una nueva tierra y un nuevo cielo

digno es el cordero
de recibir el honor y la gloria
y la lanzada y el escupitajo,
y el vinagre y el oro,
el incienso y la mirra,
digno es del testamento judío
y el testamento cristiano,
digno de la referencia hipertextual
y el formato del apa,
mla, apsa, nlm, asa,
digno del cálamo y el pergamino,
digno del tipo, la plancha y la tinta
y el dot y el serif,
digno del bit y el petabyte,
digno del www y el https,
digno de la ermita y las megachurches,
del pobre de asís y el fastuoso león x,
digno del dólar y el yen y la rupia y el złoty
digno de la oración de mi madre
y la abyecta compulsión del divino marqués

he aquí que el cordero
revestido de majestad y poder y gloria
me dijo al oído:
hijo de hombre y de mujer,
cierra los ojos y vuelve
a tu prisión de satélites y antenas,
de oleds y ssd's,
a tu cuerpo tasado en nada
por el seguro social,
a tu jornada pagada con el mínimo,
a esos ensayos para la muerte
que hoy por hoy
duran ocho horas

y espera
el momento
preciso

cuando llegue el tiempo,
en el último suspiro,
después del tiempo que es tu tiempo,
cuando la parálisis invada tus órganos
y aletargue para siempre
el frenesí de tus glóbulos y células,
en ese momento
habrás merecido
-no antes ni después,
sólo entonces-
tu apocalipis,
tu fin


francisco arriaga
méxico, frontera norte
19-20 de mayo de 2020

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