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Cuento. La gripe de Beethoven.


La gripe de Beethoven


Apareció en el periódico de la mañana, una noticia en un recuadro con el título en letras negrillas enormes y el texto principal en una incómoda tipografía courier, que dejaba mal alineados los márgenes derechos del texto.
La última subasta de objetos que llegó a la Sotheby incluía un pañuelo de tela, amarillento y quebradizo, que utilizara Beethoven al final de sus días cuando un ataque de gripe le hizo requerir las visitas constantes del médico.
Se dice que dicho médico -su nombre ha sido guardado en el anonimato por la casa de subastas, a petición expresa de la familia que teme represalias- sustrajo el pañuelo aún húmedo y rebosante de las secreciones nasales del maestro. Lo mantuvo consigo en todo momento, en el doble fondo del arconcillo donde guardara sus jarabes nocturnos y algunos frascos de olores asépticos.
La incomparable colección de objetos subastados aquella noche minimizaba hasta el ridículo el pañuelo amarillento; las partituras -algunas fragmentadas y vendidas hoja por hoja, cobrando por cada una su peso en diamantes- se llevaron la noche, alguna sinfonía apareció en escena, y los expertos y musicólogos se enfrascaron en una batalla descarnada donde las universidades, las sociedades civiles y conservatorios de más renombre pusieron sus ofertas sobre la mesa.
Alguien se llevó la sinfonía manuscrita y el pañuelo de Beethoven.
Heinrich von Schaeffler recibió ambas, con certificado de autenticidad adjunto, en su casa, mientras escuchaba gustoso su interpretación favorita la sinfonía ‘Praga’ de Mozart.
Gustav Hohenstaufen, su administrador no entendió por que el señor Heinrich se empeñó en gastar media fortuna familiar en adquirir una obra del compositor que más detestaba y, peor aún, cómo era posible que pretendiera quedarse con el pañuelo embarrado de secreciones nasales. ‘Con ese dinero pudiera hasta darse el lujo de contratar a la Sinfónica de Amsterdam, o la Filarmónica de Londres o cualquier otra orquesta y dirigir lo que le viniese en gana, sobre todo ese Confutatis que tanto entusiasma al señor’ fue lo que le comentó, pero Heinrich replicaba ‘sí, ganas no me faltan, pero tengo que reconocer que el conservatorio da la técnica y el dominio de los recursos, pero no otorga talento. Que nadie se atreva a profanar a Mozart’.
Al recibir la partitura la tomó sin grandes miramientos, la acercó a una perforadora de papel, y fue colocando los folios en protectores plásticos, uniendo el todo con anillas metálicas. ‘Listo, ya está. Ahora falta lo más difícil’.
Se acercó a la ventana del jardín y la abrió sin dar previo aviso. El ventarrón frío y húmedo de la tarde austriaca inundó la habitación, la fogata de la chimenea pareció apagarse y sólo entonces el señor Heinrich dejó caer su bata, quedándose completamente desnudo y de frente a la ventana.
‘¡Rápido, pásame el pañuelo, que no tenemos tiempo!’ le gritó a Gustav, quien aún guardaba la esperanza de que el señor Heinrich recobrara la compostura y olvidase aquel asunto de la sinfonía y el pañuelo. Mas en cuanto le acercó la cajita sellada, Heinrich la abrió y se la llevó rápidamente a la nariz, fue entonces que comenzó a inhalar como si quiera respirar los tejidos, el tiempo encerrado en aquel pedazo de tela. En un arranque de desesperación sacó el pañuelo y arrojó la cajita por la ventana, que se quebró al golpear contra las macizas lozas de granito que rodeaban la fuente del patio.
Estuvo así los siete minutos y medio que duró el segundo movimiento de la sinfonía de Mozart, según la dirección de Karl Böhm.
Tembloroso y jadeante por fin pudo estornudar. Fue un primer estornudo pequeño; años de vida social, cenas y conciertos, entrevistas y audiencias lo habían convertido en un experto conocedor de la etiqueta que debía seguirse hasta en momentos donde era necesaria habilidad extraordinaria para no parecer vulgar, o desentendido de las buenas costumbres. Gustav ya lo esperaba con la bata abierta, se dejó abrigar y anudó por sí mismo la cintilla de afelpado, mientras volvía a estornudar.
‘Gustav, ahora sí, pon esa maldita música.’
Se dejó caer en el sillón al tiempo que volvía a estornudar; arrellanándose tomó su engargolado y comenzó a seguir la sinfonía, que entre crescendos también era acompañada por los estornudos más y más frecuentes del oyente. Gustav había seguido al pie de la letra las órdenes que le diera Heinrich, el equipo estereofónico de última generación había sido comprado para reproducir la música de los discos digitales de tal forma que cada instrumento de la orquesta parecía estar físicamente presente en la amplísima habitación. La fuerza de cornos y trompetas, la delicadeza de las flautas y el aterciopelado sonido de violas y cellos, todo brotaba exactamente como debió haber sido interpretado en el momento de la grabación.
Al comenzar el tercer movimiento percibió una sordera gradual, que fue adueñándose de ambos oídos, ya no importaba que los altavoces estuviesen bailando al compás de los contrabajos y los fagots, ni que las bocinas auxiliares parecieran bombardear con el sonido de flautas y clarinetes aunados con violines primeros y segundos; poco a poco el sonido fue haciéndose más débil. Ahora su estornudo era violento y empleaba la garganta y el tórax completo, su rostro enrojecía con cada estornudo pero no se permitió dejar la partitura, los indicadores visuales en forma de barras del aparato estereofónico estaban todos iluminados desde el verde hasta el rojo; Gustav hizo el intento de cerrar la ventana pero Heinrich le advirtió: ‘Aún no terminamos, no te atrevas…’
El comienzo del cuarto movimiento coincidió con la petición expresa de Heinrich, ‘pásame el pañuelo’. Cristalinas, como si fuesen gotitas de agua, las primeras secreciones que esta vez su propia nariz estaba expulsando fueron humedeciendo el pañuelo, el color amarillento se tornó ocre, un color casi barro, y cada estornudo era un estornudo de boca y nariz, violenta convulsión que casi le hacía tirar la partitura. Pero se mantuvo en su sillón: llegaría al final, aunque en ello le fuese la vida.
Sonaban los últimos compases de la sinfonía cuando sintió el dolor de los tímpanos rotos, que coincidía con el estruendo que brotaba de las bocinas, ‘Heinrich, amor, déjame ayudarte, voy a cerrar las ventanas…’
-¡No te atrevas, Gustav! Si realmente sientes algo por mí, ¡no te atrevas!
El último acorde pareció alargarse más de lo normal, el silencio acústico de la habitación que siguió al final de la sinfonía no cesó del todo en su cabeza, los oídos zumbaban, era un chillido doloroso; lágrimas y estornudos eran incontenibles ya.
Se levantó del sillón y fue caminando lentamente hacia el lecho, se dejó caer y de pronto comprendió que tenía cincuenta y seis años encima y que su padre no tenía razón y no era más hombre que él.
-Maldito seas, papá; y tú, maldito sordo, no me vencerás… ¡no me vencerán…!
Gustav lo acompañó hasta que los susurros enfebrecidos cesaron y Heinrich finalmente se quedó dormido.
-Tienes razón, amor, Mozart era un dios… Por mí también que se pudra Beethoven.
Le dio un beso en la mejilla, y se recostó a su lado.


Francisco Arriaga
México, Frontera Norte.
02 de Diciembre de 2009.


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